Ya no está. Lo demolieron hace muchos años. Sin embargo, sigue muy presente en los recuerdos de muchos puntaltenses, tan presente que da el nombre a un club y a un sector de la ciudad. El castillo quedó en el recuerdo entre quienes lo conocieron o quienes les contaron acerca de su existencia, su imponencia y su belleza. ¿Quién lo construyó? ¿Quiénes vivieron allí? ¿Dónde estaba emplazado? ¿Cuándo y por qué lo demolieron?

Plano de planta del Castillo.

Don Pietro Cinello, su constructor

“El castillo, cuando vino mi mamá en el año 13, lo estaban haciendo. Y lo habrán terminado en el 15, no sé” relataba en una entrevista la señora Violeta Andrés[1], antigua vecina del barrio. Otros testimonios sin embargo afirman que comenzó a construirse en 1908[2], concluyéndose la obra en 1919. Su propietario era don Pietro Cinello, un inmigrante piamontés, quien se había establecido en el pueblo por aquellos años, junto a su esposa Nicolina (o posiblemente Carolina) y sus dos hijos.

Lamentablemente no tenemos demasiada información acerca de esa familia, solo que Cinello era constructor y propietario de una fábrica de mosaicos, piedras y granitos, según puede leerse en una publicidad del semanario local La Época, de 1915. Algunas fuentes sostienen que mientras la gran obra arquitectónica estaba en proyecto la familia residía en una vivienda ubicada en Bernardo de Irigoyen al 400, quizás donde se hallaba también la fábrica. Sin embargo, según los recuerdos de doña Violeta “ese hombre gastó 14.000 pesos en hierro, para hacer el castillo. Que en esos años 14.000 pesos era una barbaridad, una fortuna. […] Hicieron primero una casita que estaba donde está el Club Castillo, y estaban viviendo ellos, pero el castillo era una belleza  “che”, no sabés”.

Vista trasera del Castillo. (Foto de Pascual Carrascal.)

Estaba ubicado, vale recordar, en la calle Pellegrini 1138, en un amplio terreno de 20 m. de frente por 60m. de fondo, con una superficie de  1200 m2. Estaba construido en armazón de hierro y mampostería con revoque símil piedra. Se trataba de una construcción de gran altura.

Observando atentamente las fotografías más antiguas se pueden apreciar cuatro plantas[3] pero según los planos de demolición  de la propiedad de los años 80 solamente contaba con tres plantas, lo cual a su vez se corrobora con un aviso de remate de 1938, al que nos referiremos más adelante, en el cual se promociona que el castillo poseía tres pisos (planta baja, primero y segundo piso).  ¿Cómo es posible explicar esto? Hay dos versiones. Una sostiene que el castillo de Cinello en realidad era una réplica de otro construido en Italia y que, al tener aquel otro castillo patente de invención, Cinello tuvo que derribar la parte superior del suyo para evitar litigios. La segunda versión sostiene que debido al peso que representaban los cuatro pisos los cimientos del castillo comenzaron a resentirse y, por consejo de algún profesional, su propietario optó por derribar el cuarto piso. Ciertamente, ninguna de las dos versiones ha podido ser corroborada.

Fachada de El Castillo. (Foto AHMPA.)

Lo que sí se sabe es que cada uno de esos pisos poseía tres habitaciones, un vestíbulo, una cocina y baño. Las aberturas eran de buena carpintería y cristales, los pisos de mosaicos y los cielorrasos de mampostería. En el frente se encontraba una verja de material y portones de hierro, hacia adentro seguía un amplio jardín con árboles frutales y una hermosa fuente. Al fondo del terreno había una construcción de dos plantas, destinada a las caballerizas en la parte baja y casa habitación para el personal de servicio en la parte alta. El señor Benito García, vecino del barrio de toda la vida, recuerda: “Eran los tres pisos igualitos, a los pisos superiores se subía por una escalera caracol. Tenía (cada piso) dos torres, en la derecha tenía la escalera y en la otra había como piecitas redondas que venían a ser tipo depósitos. Entrabas y había un living comedor enorme, a la derecha un dormitorio. Después una cocina muy chica y un baño amplio. Prácticamente era más grande el baño que la cocina. Tenía agua corriente, luz, una cocina de las tipo económicas, a leña […].”[4]

El Castillo. (Foto La Nueva Provincia, 2 de abril de 1982)

Su extraña arquitectura, destacaba sobradamente entre los médanos, los tamariscos y  las pocas casas bajas edificadas en el sector y pronto dio lugar a rumores y suspicacias. Algunos decían que el castillo era una réplica de uno que se hallaba en la ciudad de Udine, Italia, y otros afirmaban que su propietario, para perpetuar su memoria, había instalado en el piso superior una figura sentada en un sillón hecha en cemento que reproducía su propia persona. Una leyenda popular aun más osada fue aquella que afirmaba que el castillo había sido un puesto de observación alemán durante la Primera Guerra Mundial cuya misión era espiar a la flota británica que se adentrase en la bahía Blanca rumbo al Atlántico sur. Claro está, ninguna de dichas versiones pudo comprobarse, pero perduran indelebles en la memoria colectiva.

¿Por qué se construyó el castillo? ¿Con qué fin?  Hay dos versiones del hecho, dependiendo de la fecha en que empezó a construirse. Si se acepta como fecha la de 1908, la intención era destinar aquella imponente construcción para hotel, albergando a viajeros que arribarían al lugar a través del Ferrocarril Rosario a Puerto Belgrano, pues se pensaba que la estación ferroviaria se levantaría en las inmediaciones. Sin embargo, cuando en 1910 se habilitó el ramal, la estación Solier fue emplazada en un lugar más alejado de lo que se pensaba.

El Castillo visto desde el patio de la casa de Amador De la Iglesia, (esquina Rodríguez Peña y Pellegrini). Década de 1940. (Foto de Daniel De la Iglesia)

Si se toma la fecha de 1913, el castillo habría sido edificado con miras a la futura extensión de la línea hasta Bahía Blanca. La compañía ya en 1912 realizó gestiones para la concesión de la obra, aunque sin delinear la traza definitiva, gestiones que concluyen en 1915 con el permiso acordado por las autoridades[5]. A partir de ese entonces, se desarrolló en Punta Alta una polémica sobre el trazado: unos, querían que el ramal debería correr paralelo a la Avenida Colón, es decir, la calle lindera con la Base y que era el camino natural de salida a Bahía Blanca, pues a su vera se concentraba la mayor parte de la población. Pero otros defendían la traza por el noroeste de Punta Alta, es decir, el sector que hoy ocupan los barrios de Nueva Bahía Blanca y Villa Maio, con el fin de desarrollar esa zona, muy poco poblada hasta ese entonces[6]. El castillo habría sido una inversión con la idea del crecimiento futuro del sector.  Pero cuando en 1918, se decidió que el ferrocarril pasara por Colón, los sueños de desarrollo se postergaron.

Imagen donde se puede apreciar la parte posterior del Castillo en enero de 1964. (Foto de Fernando Brizuela)

Sea como fuere, la construcción del castillo estuvo vinculado al negocio de tierras relacionado al ferrocarril Rosario Puerto Belgrano que, al no pasar por el noroeste del ejido urbano puntaltense, dejó a la ampulosa construcción como una mole solitaria, entre los áridos médanos de aquel sector del pueblo, aún muy poco habitado.

No obstante, parece que su propietario estaba decidido a explotar económicamente el flamante castillo porque, si bien no lo destinó como hotel propiamente dicho, un aviso publicado en diciembre de 1918 da cuenta del alquiler de “La expléndida (sic) residencia conocida por El Castillo, compuesta por 4 departamentos y cochera. Propia para veranear. Ocurrir a Fernández Hnos. Humberto I 744.”[7] Desconocemos si le pertenecía aun a Cinello o ya lo había vendido.

 

El castillo, a remate judicial

Como se dijo, no se sabe con exactitud hasta que año el castillo le perteneció a la familia Cinello, algunos afirman hasta el año 1920, o 1927, cuando pasó a ser propiedad de don José Cruz Amondarain, quien aparentemente lo habitó con su familia hasta que falleció. Cuando eso ocurrió la familia se fue y el castillo, por división de condominio, fue rematado. Corría el año 1938 cuando el domingo 8 de mayo a las 15 hs. el martillero Mario S. Orgeira, oriundo de Coronel Pringles, procedió a su remate.

Publicidad de remate  llevado a cabo por Mario Orgeira. Año 1938. (AHMPA)

El inmueble fue adquirido por el señor Ernesto Tafo. Don Benito García recuerda: “Yo era muchachito y no me olvido más del remate. Tafo venía con las tres o cuatro vaquitas ¨[…] venía de pastorear las vacas. Fue siempre un hombre muy ermitaño […] y se vino al remate todo roñoso. Bueno él andaba siempre así con mala presentación. Empezó el remate y el martillero llegó un momento que le dijo que había que pagarle un porcentaje a él. Claro, lo vio con ese aspecto y quién sabe qué pensó. Tafo le contestó que él compraba y pagaba y siguió rematando hasta que lo compró en 4.300 pesos. Se desabrochó la faja, iba sacando la plata mientras iba caminando, cuando bajó el martillo. El martillero le dijo: no, no, a mi no me tiene que pagar, a mi me tiene que dar un porcentaje. Y Tafo le decía: no, no, no, yo compro y yo pago. No sé cuántas veces le dijo que el tipo le tuvo que hacer un recibo y aceptarle el pago. Tenía toda la plata encima. “[8].

A diferencia de los dueños anteriores Tafo nunca habitó el castillo, sino que siempre lo alquiló y cuando no se encontraba arrendado estaba deshabitado, abandonado. Así, muchas familias pasaron por el castillo, cuyos apellidos lamentablemente no se recuerdan.

Escuela N° 9, cuando funcionaba en el Castillo. En la misma ceremonia asume el padrinazgo de la Escuela la Fragata Sarandí. 9 de julio  de 1952 (Foto Escuela N° 9 copia en AHMPA)

La escuelita del castillo

Lo que sí se sabe con mayor certeza es que entre 1952 y 1956 las autoridades educativas arrendaron el castillo para instalar la escuela N° 9 General José de San Martín, conocida a partir de ese momento como “la escuelita del castillo”. Dicha institución había sido creada cinco años antes pero carecía de edificio propio; en un comienzo había funcionado en la calle San Martín al 1500 pero al aumentar la matrícula y funcionar en dos turnos, se decidió su traslado al castillo. Así, el 10 de mayo de 1952 aquellas habitaciones se convirtieron en aulas.

Acto en el patio de el Castillo. Escuela n° 9. 9 de julio de 1952 (foto Escuela n° 9, copia en AHMPA)
Acto del 9 de julio de 1952. Padrinazgo de la Escuela n° 9 . (fot Escuela n°9, copia en AHMPA)

La señora Mirta Saccone, que en 1956 cursaba primero inferior, recuerda que por el estado de deterioro de la parte superior tenían prohibido subir y las maestras les contaban historias de fantasmas para infundirles temor y persuadirlas de no hacerlo. Ella misma nos relata: “El recuerdo del castillo era entrar y ver esa escalera caracol que para nosotros era una cosa de locos ver eso, porque nunca habíamos visto algo así, aparte nos llamaba mucho la atención que  siempre adelante de esa escalera había un señor, que supongo que era el portero, y nosotros le decíamos “el señor de la escalera”, para que no subiéramos. Entonces en un momento que estábamos en recreo, porque primero salíamos los más chicos, que estábamos en la planta baja, no sé cómo hicimos y nos subimos hasta la azotea. Éramos tres amigas y yo. Y la sorpresa fue que en la azotea estaba el señor de la escalera! Cuando nos vio nos empezó a decir “¿qué hacen acá?, ¡bajen!” Entonces bajamos, gritando todas, a esa edad. Y justo entraba la señorita de primero superior del recreo y fue la  que nos vio y nos llevó con la señorita nuestra que estaba en el patio con nuestros compañeros. Y la penitencia fue dejarnos salir ese día últimas. Para nosotras fue una aventura. La seño era muy buena, muy dulce, nos tenía mucha paciencia a todos, se llamaba Alicia Marconi de Liberatti, pero nos retó porque eso estaba prohibido. Yo me acuerdo que jugábamos en un jardincito en la parte de adelante. Y tenía dos portones de acceso, y uno de ellos era como una calle, para la entrada de los carruajes. Pero fui un solo año, primero inferior. Después del castillo fuimos a la escuela que ya se hizo en Pellegrini y Estrada, que era de madera.”[9]

Vista parcial del frente de el  Castillo donde funcionó la Escuela N°9 entre 1952-1955.

En efecto, a fines de 1956 por resolución municipal se clausuró el edificio por suponer que peligraba la integridad física de alumnos y docentes y para el año siguiente se procedió al  traslado de la escuela 9 a su ubicación actual, en  provisorias aulas de madera.

De todos modos debemos decir que el castillo, a pesar de quedar deshabitado, no contar con el brillo de sus comienzos e ir deteriorándose poco a poco, claramente era un edificio emblemático, un mojón para ese sector, pues el mismo barrio tomó su nombre, y en 1942 nació el Club Social y Deportivo Defensores del Castillo, cuya sede se ubicó en el terreno lindante[10].Todos los vecinos de Punta Alta lo conocían, y era punto obligado para cualquier visitante de paso por la ciudad.

El Castillo, vista del estado de deterioro. (Foto Ángel Ferrari.)

Abandono y olvido

Tras la muerte de don Ernesto Tafo, en 1963, la propiedad la heredó su hijo y posteriormente, cuando éste llegó a una muy avanzada edad, a través de un testamento se lo cedió, junto a sus otros bienes, al señor Abel Padín.

Al castillo ya nadie lo habitaba, tan sólo de vez en cuando algún linyera pernoctaba en sus habitaciones y entonces, aparecían  extrañas luces y ruidos en el interior del castillo, que el imaginario popular convertía en misteriosos y fantasmales. Muchos aseguraban distinguir la silueta de su constructor, don Pietro Cinello, asomarse en las ventanas o deambular por sus dependencias de manera errante.

Estado de deterioro del Castillo, 15 octubre 1956. (AHMPA)

Luego de fallecer Tafo, y ya como heredero testamentario Padín inició los trámites de sucesión de los bienes en el estudio jurídico del Dr. Héctor de la Iglesia, a la vez que dio comienzo a la demolición del castillo. Afirmaba que las grietas existentes y el deterioro general de la construcción hacían peligrar seriamente la estabilidad de la estructura. Los primeros golpes de la piqueta sacudieron a la comunidad y también a las autoridades municipales de turno, quienes dieron los primeros pasos para proteger a la emblemática construcción. Así, en octubre de 1980 el por entonces Comisionado Municipal Guillermo J. García mediante un decreto declaró al castillo “Edificio Histórico y de Interés Municipal”[11]. Haciéndose eco de la medida el diario La Nueva Provincia afirmaba: “La medida obedece a la necesidad de evitar la demolición o deterioro del referido edificio en razón de su calidad arquitectónica y de su presencia en la ciudad desde principios de siglo. […] Con el tiempo, es decir, cuando sea restaurado convenientemente la ciudad podrá mostrar orgullosa parte de su pasado y contar con un paseo público que sin lugar a dudas traerá la atención de numerosos turistas.”[12] Sin embargo, más allá de aquel decreto, nada se avanzó en pos de recuperar el edificio, sino que por el contrario su propietario, a golpe de piqueta, continuó con la lenta demolición, aduciendo que corría serios riesgos de derrumbe.

El Castillo. 2 de julio 1978. (Foto La Nueva Provincia)

“Amigos del Castillo”

Algunas instituciones locales y vecinos comenzaron a movilizarse rápidamente en favor de la  preservación del castillo. Así es que a comienzos de  julio de 1983 el Museo Histórico Regional “Pedro E. Giachino” envió un telegrama al Secretario de Cultura de la Nación, profesor Julio César Gancedo, solicitándole que interceda ante la demolición del castillo a la vez que dirigió una nota al por entonces Comisionado Municipal Omar H. Potenar para que facilite las gestiones para declarar al castillo Monumento Histórico.

El bloque de concejales del Partido Justicialista, el Partido Intransigente y la Sociedad de Arquitectos de Punta Alta también también expresaron su repudio a la destrucción del edificio y su interés por preservarlo.

Frente de el Castillo en avanzado estado de deterioro. 2 de abril 1982. (Foto La Nueva Provincia)

Por aquellos días, más precisamente el 10 de julio de 1983,  también se concretó la formación de la agrupación “Amigos del Castillo”, integrada por vecinos y profesionales  de la ciudad interesados en la preservación de aquel exponente del patrimonio local. La misma estaba conformada de la siguiente manera:

Presidente: Arquitecto Oscar Catá

Vice: Dr. Ricardo Sentoni Alti

Secretario: Dr. Héctor de la Iglesia

Vocales: Julia Pazos de Aldekoa, Daniel Fittipaldi, Pedro Micale, Ambrosio Ferro y arquitectas  Adriana Ramírez e Inés Sánchez.

Vista trasera de el Castillo. 17 de julio 1983. (Foto La Nueva Provincia)

El propio Oscar Catá nos relata: “La base de la agrupación era un grupo de arquitectos que éramos los que vivíamos en Punta Alta en esa época, que si mal no recuerdo éramos cinco. Estaba el arquitecto Gustavo Montero, su mujer Elizabeth Domínguez, Inés Sánchez que era mi socia en el estudio, y la arquitecta Adriana Ramírez, que trabajaba en la municipalidad. Nos juntábamos un par de veces por mes a charlar temas inherentes a la ciudad. Era todavía la época de la dictadura. Charlábamos sobre el patrimonio, ideas para la ciudad respecto al planeamiento de la misma y bueno, era una forma de encontrarnos y tener un tema común de debate,  para transformarlo en un aporte a la comunidad en el momento en que se pudiera. Y aparece el tema del castillo, que estaba la posibilidad que se demoliera y nos juntamos  rápidamente y fuimos a charlar con Padín”[13]. De inmediato notaron que no iba a ser una tarea sencilla. Catá nos cuenta:   “Recuerdo que Padín estaba muy ofuscado  porque no entendía el objetivo que nosotros perseguíamos. Le decíamos que no demoliera, que si bien era propiedad de él el castillo, le iba a ser más redituable y conveniente que lo preservara; y que nosotros desde nuestro aporte como profesionales íbamos a gestionar ante las autoridades para que se pudiera restaurar y mantener el edificio, para que se transformara en algo que le sirviera y no que lo convirtiera en una ruina irreparable”.

El Castillo. 7 de julio 1983. (Foto La Nueva Provincia)

La agrupación paralelamente inició gestiones ante las autoridades municipales. “En primera instancia pedimos una audiencia con el intendente, en ese momento era  el contador Potenar, el cual no se mostró muy convencido pero quedamos en que nosotros íbamos a intentar charlar con esta persona (Padín). Hablamos pero como ya dije, no tuvimos buena acogida. Pero como era un expediente irregular, porque una obra de esa altura requiere de un expediente si se quiere demoler, con un profesional responsable para hacer la demolición, presentamos una nota en el municipio denunciando, que en principio  se paralizara la inminente demolición que se estaba intentando hacer del edificio dado que no había un expediente aprobado  en el municipio al respecto.  Así que presentamos esa nota por mesa de entrada para que el municipio frenara todo y se abriera la posibilidad de  un espacio de diálogo antes de que se avanzara más con la demolición”[14].

Demolición de el Castillo. En la foto se puede observar la original reja y la primitiva palmera. (Foto La Nueva Provincia)

Tras la presentación, parecía que todo se encaminaba a buen puerto, puesto que el día 21 de julio funcionarios municipales acompañados por fuerzas de seguridad, procedieron a clausurar el inmueble y paralizar su demolición, hasta tanto el señor Abel Padín presente el plano de demolición correspondiente[15].

A golpe de piqueta

Lamentablemente no fue posible establecer el diálogo  entre el propietario y los integrantes de la agrupación “Amigos del Castillo”, quienes vieron en todo momento impedido el acceso al inmueble y por ende, no pudieron avanzar en los estudios técnicos previstos. Catá recuerda: “Padín estaba muy ofuscado, hasta se encadenó al castillo con una maza, arriba del techo, mientras lo demolía. Bueno, no hubo recepción por parte de él, que ya había tomado la decisión de demolerlo”

El Castillo en demolición. Se puede observar la escalera en caracol. (Foto La Nueva Provincia)

Ni siquiera la intervención del Dr. De la Iglesia, quien era secretario de la agrupación y a la vez abogado de Padín, logró algo al respecto. “Yo me enganché (con la agrupación Amigos del Castillo) porque mi viejo, que eran nueve hermanos, vivieron y se criaron en la esquina de Pellegrini y Rodríguez Peña, ahí a media cuadra del castillo, o sea que yo al castillo lo conocí por mi familia. Bueno cuando se arma esto que Padín está con la piqueta, lo llamo y le digo, escúcheme Padín…y el no, no, no! El quería que el municipio le diera…[frase inconclusa] ¡y el municipio estaba menos diez! Es cierto, había unas grietas así, de cinco centímetros, y corría serio riesgo que la parte de arriba se derrumbara. Y cuando él subía temblaba todo. Pero todo tiene solución en arquitectura. “No porque si esto se cae, el responsable soy yo, hay que voltearlo”. Y yo hablaba con Catá  y me decía que con unas columnas se podía [frase inconclusa] Y él ¡no, no, no! Estaba loco, loco y desafiante, trabajaba quince horas por día, y con la piqueta, que la gente lo miraba, lo volteó, lo volteó solo!” relata Héctor De la Iglesia[16].

El Castillo en plena demolición. (Foto La Nueva Provincia)

En efecto, tal cual se relata, oportunamente Padín había solicitado a la municipalidad algún tipo de ayuda económica para llevar adelante tareas de restauración, siempre temeroso de que la construcción o parte de ella se derrumbe y ocasione daños a terceros, dado que era bastante común que algunos curiosos o “linyeras” ingresen a la propiedad. Lamentablemente en aquel momento no recibió respuesta alguna y decidió emprender el camino de la demolición. Eso explica, tal vez, su testarudez cuando los miembros de la agrupación Amigos del Castillo intentaron convencerlo de no demoler y las autoridades municipales le clausuraron la obra. Por eso, poco tiempo después de la clausura Padín presentó los planos de demolición en la municipalidad, los cuales, extrañamente, fueron aprobados en el término de 48 hs. La suerte del castillo estaba echada. Ya nada ni nadie pudo impedir que prosiguiera con la demolición. “El loco de la piqueta” lo llamaban los vecinos, quienes observaron impotentes y conmocionados,  cómo destruyó golpe a golpe el castillo y lo convirtió en escombros.

¿Era posible restaurar el castillo? Algunos afirman que no, o que de ser posible, el costo económico era incalculable. Sin embargo Oscar Catá concluye: “El edificio tenía mucho deterioro, producto de mucho tiempo de abandono pero  a partir de la decisión política de recuperar y restaurar, era viable desde el punto de vista técnico. Porque no hay nada que sea imposible, con las obras pertinentes.  Claramente requería trabajos de restauración y puesta en valor, de reacomodamiento de alguna parte de su estructura, pero no era imposible ni era tampoco inviable la posibilidad de recuperarlo. Lógicamente a la vista del no técnico una fisura, una grieta o una rajadura, más el estado de abandono en que se encontraba, falto de pintura y con mugre en todos lados, lógicamente parecía que no tenía posibilidad de recuperación,  pero la obra en sí era recuperable.”[17]

Paredón de el Castillo ya sin la reja, donde se puede observar una sola columna en pie. Junio de 1998. (Foto Lorena Paula Fernández)

Años después, en 1998 el terreno fue adquirido por Manuel Hernando, quien puso en marcha un ambicioso proyecto para construir canchas de fútbol 5 para mayores, para menores y mujeres, con sus respectivos vestuarios[18]. Del castillo sólo quedaban restos de una columna, una fuente y un macetón, a los cuales el nuevo propietario planeaba preservar, como últimos vestigios de una construcción que había caracterizado a una zona y a un tiempo de la joven Punta Alta. Sin embargo el paso del tiempo y las vicisitudes que todo emprendimiento económico puede tener hicieron lo suyo. Todo aquel que en la actualidad pase y observe la propiedad de Pellegrini al 1100 sólo observará las canchas abandonadas y altos pastizales cubriéndolo todo.

Hoy sólo quedan los recuerdos de aquella magnífica construcción, y el sinsabor de haberlo perdido, ya sea por la obstinada actitud de su propietario o el tibio accionar de las autoridades de aquellos momentos. Sería bueno que esta historia no se repita.

Por Lic. Fernanda Martel.

Fuentes:

. Fernández, Paula: “El Castillo”. 1998. Inédito.

. Diario La Nueva Provincia. 11/10/1980, 22/07/1983, 09/06/1999, 23/06/2013.

. Semanario Nueva Época. 19/03/1919.

. Semanario La Noticia. 10/04/1969.

. Entrevista a Mirta Saccone. 16/11/2020.

. Entrevista a Héctor de la Iglesia. 27/10/2020.

. Entrevista a Oscar Catá. 16/11/2020.

Citas:

[1] La historia oral de Punta hoy: Violeta Andrés. El gran castillo de calle Pellegrini, en La Nueva, 23-06-2013.

[2] La Noticia, 10-04-1969.

[3] En 1918 en un aviso publicado en el semanario Nueva Época se ofrece en alquiler “cuatro departamentos” de la propiedad conocida como el castillo, lo que podría abonar la hipótesis de los cuatro pisos.

[4] Paula Fernández: El Castillo.1998. Inédito.

[5] Compagnie du Chemin de Fer Rosario à Puerto- Belgrano. Rapport du Conseil d’Administration. Assembleé Générale Ordinaire du  29 Avril 1915, p. 4

[6] Véase, entre los muchos artículos que dan cuenta de esta polémica: Nueva Época, 15 de agosto de 1916, p. 1, col. 1Nuevos Tiempos, 17 de octubre de 1918, p. 2

[7] Nueva Época. 11-12-1918.

[8] Paula Fernández. Op. cit.

[9] Entrevista a Mirta Saccone. 16-11-2020.

[10] Originalmente la sede del club estaba en calle Luiggi al 1000.

[11] La Nueva Provincia, 11-10-1980.

[12] Idem, 14-10-80.

[13] Entrevista a Oscar Catá. 16-11-2020.

[14] Ibídem.

[15] La Nueva Provincia. 22-07-1983.

[16] Entrevista a Héctor de la Iglesia. 27-10-2020.

[17] Entrevista a Oscar Catá.

[18] La Nueva Provincia. 09-06-1999.

El Castillo de calle Pellegrini.

2 pensamientos en “El Castillo de calle Pellegrini.

  • diciembre 23, 2020 a las 5:03 pm
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    Excelente trabajo. Recuerdo haber entrado y subido (sin permiso) de chico. Por lo que recuerdo hoy, creo que se podría decir que, o bien la construcción no fue de buena calidad; o la calidad de los materiales, o ambas, condenaban a El Castillo; teniendo en cuenta de que, construcciones mas antiguas están en muy buen estado hoy en día.

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