• Las expediciones españolas
  • Otras exploraciones en la bahía Blanca
  • Un fuerte sobre el arroyo Pareja
  • La expedición del bergantín General Belgrano
  • Charles Darwin

 

Las expediciones españolas

 

Luego de los viajes de Cristóbal Colón y de la certeza de haber descubierto nuevas tierras, la Corona de España encomendó una serie de empresas exploradoras hacia las nuevas posesiones, dirigidas en un principio hacia las Antillas y luego hacia el norte y sur del nuevo continente.

En este contexto, la expedición de Hernando de Magallanes y Sebastián Elcano, la primera en dar la vuelta al mundo (1519-1522) fue la primera en avistar y recorrer la bahía Blanca, en búsqueda de un paso entre el Atlántico y el Pacífico que llevara directamente a Asia. En febrero de 1520, los barcos de Magallanes llegaron al sur de América y la  nao Victoria, capitaneada por don Luis de Mendoza, se separó del resto de las embarcaciones y penetró en las inmediaciones de la bahía. Se internó por los canales de la ría hasta quedar encallada en los bancos de arena durante dos días, lo que hizo que su comandante imponga, en su diario de mareas, el nombre de “Bahía de los Bajos Anegados” al accidente geográfico[i].

Durante el siglo XVI, muchos marinos recorrieron o al menos avistaron la bahía: sir Francis Drake en 1578, Pedro Sarmiento de Gamboa, en 1583, entre otros. Sin embargo, ante las dificultades de navegar la bahía y por lo despoblado de recursos de esta parte de la costa bonaerense, los navegantes fueron evitando paulatinamente todo acercamiento. Durante los siglos XVII y XVIII la costa de la provincia se dibujaba en los mapas como una línea recta que va desde el cabo San Antonio (sur de la bahía de Samborombón) hasta la desembocadura del Colorado.

La situación cambió hacia finales del siglo XVIII. La nueva concepción Iluminista   dio impulso renovado a las ciencias de la naturaleza y la nueva geopolítica de los imperios hizo imprescindible un conocimiento más acabado de las costas meridionales del continente americano.

Con la llegada de los Borbones  al trono de España se produjo un proceso de “redescubrimiento de América”[ii].  Se requería un mayor control de la región patagónica ante los peligros de una invasión de potencias como Inglaterra, Francia u Holanda. Este control se haría efectivo a partir de una mayor presencia militar y el poblamiento de las costas patagónicas.

Como parte de esta política fue creado en 1776 el Virreinato del Río de la Plata con sede en Buenos Aires, para disponer de unidades que controlarían (al menos en teoría)  las regiones del sur continental. En lo referente a la Patagonia, se enviaron expediciones con el fin de conocer sus recursos y carencias para establecer posteriormente poblaciones. Fruto de estos intentos colonizadores fue el establecimiento en 1779 de Carmen de Patagones, en la desembocadura del río Negro.

La más notable de las expediciones científicas españolas del siglo fue la de Alejandro Malaspina enviada por la Corona en 1789. En septiembre de 1788 Malaspina presentó a la Corona su plan de expedición, tendiente a colocar a España a la par de otras potencias europeas y fijar límites a los dominios españoles  .Los otros dos objetivos era la confección de cartas hidrográficas para las regiones más distantes de América, así como de identificar posibles nuevas rutas comerciales;  también se deseaba averiguar el estado político de la América. Se pretendía investigar “de forma enciclopédica la naturaleza de los dominios imperiales, tanto desde el punto de vista histórico-natural, con estudios dirigidos a todas las ramas del saber, como histórico político, para gobernar en estas posesiones con “equidad, utilidad y métodos sencillos y uniformes”

El 8 de febrero de 1794 la Atrevida y la Descubierta, las naves de la expedición, llegaron a la bahía Blanca a fin de estudiarla. Se exploraron sus canales, se reconocieron sus islas y se realizaron sondajes y mediciones. Fue el primer reconocimiento de la bahía desde su descubrimiento.

Malaspina, una vez de regreso a España, cayó en desgracia y fue enfrentado a un proceso. Sus anotaciones y cartas náuticas fueron confiscadas u olvidadas en las bibliotecas de náutica. Parte de estas informaciones fueron aprovechadas por cartógrafos extranjeros (sobre todo ingleses) para mejorar sus mapas

Con  la fundación de Carmen de Patagones, la bahía Blanca se transformó en escala necesaria para refugiarse de las tormentas o reparar buques en las navegaciones entre ese asentamiento y Buenos Aires o Montevideo. También se convirtió en centro de actividades de loberos que cazaban lobos marinos en busca de su grasa y cuero.

A partir de 1800, la bahía Blanca recibió varios nombres: Bahía de Abajo (es decir, del sur) o  Bahía de los Bajos Anegados (era muy frecuente en los mapas de la época la confusión con la Bahía Anegada, próxima a San Blas).

En 1804 en un reconocimiento en el que exploraba sus posibilidades como puerto natural, el piloto de la Real Armada Española José de la Peña y Zazueta la llamó  Bahía de los Buenos Cables. Ya este nombre invitaba a los marinos, ya que indicaba sus posibilidades  como fondeadero amplio y con buena profundidad.

 

Otras exploraciones en la bahía Blanca

 

El nombre de bahía Blanca, mencionada en los primeros mapas como White Bay,  es de origen incierto y apareció por vez primera en un mapa inglés[iii]. Se ignora quién o quiénes lo impusieron: si los ocasionales marinos criollos que la visitaban o miembros de alguna tripulación inglesa, quienes  tradujeron a su lengua el nombre o se lo impusieron. Es de notar que, tradicionalmente, se creyó que el de “bahía Blanca” (White Bay) fue un nombre impuesto por el capitán norteamericano Benjamin Morrell, en su viaje a América del Sur a bordo de la goleta ballenera Wasp en 1820.  En su bitácora de viaje,  en ningún momento expresó que él o sus hombres hayan bautizado la bahía con su nombre actual, sino que lo da como un hecho ya conocido: “designada con el nombre de Bahía Blanca”[iv]. En todo caso, el  topónimo  para la bahía se impuso  a partir de los primeros años de la década de 1820 y hace referencia a los depósitos de salitre de sus costas, visibles desde el mar.

Una vez alcanzada la independencia en la década anterior y disuelto el gobierno central del directorio, cada provincia del Río de la Plata asume su propia soberanía. La jurisdicción de la provincia de Buenos Aires abarcaba todo el sur argentino, es decir la mayor parte la llanura pampeana y la Patagonia. Este vasto espacio estaba prácticamente en su totalidad ocupado por distintas parcialidades de pueblos originarios), que poseían una cambiante relación entre ellos y con los criollos: según las épocas y las circunstancias históricas y económicas, se forjaban alianzas entre los diferentes grupos,  se guerreaba o se comerciaba[v].

Los llamados “malones”[vi]  (rápidos ataques por sorpresa de un grupo de indígenas a establecimientos ganaderos y poblaciones, en busca de botín: ganado, principalmente o cautivos a fin de solicitar rescate) se hicieron presente a lo largo del siglo, y constituyó uno de los principales factores de inestabilidad en la frontera.

En ese contexto debe entenderse las sucesivas campañas hacia el interior de la provincia que comandó Martín Rodríguez, gobernador de la provincia desde 1820 a 1824.  Los intereses de los estancieros porteños, entre los que se contaba el mismo gobernador, eran uno de los motores de estos avances, generalmente bien recibidos por la prensa de la época y la opinión.

Dos estrategias se combinaron para efectivizar el anhelo de avance criollo sobre la llanura pampeana. El gobernador Martín Rodríguez, militar y estanciero, era un hombre de “tierra adentro”, de a caballo. Pretendía  establecer un punto estratégico al sur del Salado desde donde controlar los malones y proteger las haciendas de los terratenientes porteños. Su ministro de gobierno, Bernardino Rivadavia, con una visión más amplia deseaba, además, establecer ciudades puertos para sacar lo producido en tierras susceptibles de recibir agricultores establecidos en colonias. Estas ciudades puertos servirían, además, como avanzadas contra los pueblos originarios y como factores de población y producción.

Rivadavia tenía ideas claras sobre la proyección del poder naval de Buenos Aires en el marco de las reformas mencionadas anteriormente las cuales pretendían hacer de Buenos Aires un estado moderno. Para ello resultaba imprescindible poseer un control efectivo del área costera para el desarrollo de la provincia, impulsando ciudades puertos. Por otra parte, se buscaba mejorar y afianzar la ruta entre Carmen de Patagones y Buenos Aires, estableciendo puntos intermedios de aprovisionamiento y vigilancia.

Como consecuencia de tales expediciones, al año siguiente se fundó el Fuerte Independencia, hoy Tandil, y permaneció latente la idea de fundar una ciudad-puerto sobre la bahía, a la que se la llamaría General Belgrano, en honor al prócer, recientemente fallecido.

 

Un fuerte sobre el arroyo Pareja

 

A fines de 1823 el gobierno de la provincia de Buenos Aires envió una misión de reconocimiento con la goleta Clive, llevando a bordo al jefe del Departamento de Ingenieros Martiniano Chilavert y al agrimensor Fortunato Lemoine, junto con el piloto español Joaquín Fernández Pareja. En el mes de diciembre de aquel año relevaron la costa de la bahía y, al mismo tiempo, Fernández Pareja exploró la desembocadura de un curso de agua, en verdad, un brazo del mar, que recibió el nombre de Arroyo Pareja, en homenaje a su descubridor. La desembocadura de dicho arroyo fue descripta, en los informes de Chilavert y Lemoine como muy favorable para el establecimiento de una estación marítima:

Paralelamente, y a raíz de los constantes malones que hostigaban a las estancias de la provincia, el gobernador Rodríguez decidió emprender una nueva expedición militar por vía terrestre, a la vez que dispuso hacer efectiva, en base a los informes de los ingenieros de la Clive, la ocupación de las tierras aledañas a la bahía Blanca, estableciendo un fortín de avanzada y una población a su vera, desde donde se avanzaría hasta el río Colorado[vii].

Como el estado de las finanzas de la provincia era débil, Rivadavia decidió encargar la empresa a particulares llevando adelante un concurso de propuestas, a principios de 1824. En él triunfó la del armador español Vicente Casares. Según el contrato, éste se comprometía a fundar un establecimiento en la bahía y realizar un relevamiento costero entre aquella y el cabo San Antonio, en busca de otros lugares también aptos para puertos[viii]. A cambio recibiría tierras en enfiteusis y una compensación de $ 20.000. Fueron fletadas: la goleta Río de la Plata, piloteada por su patrón Roberto Pulsifer y en la cual iban los agrimensores; la goleta Gleaner, capitaneada por Diego Johnson; y la sumaca Mariana, buque auxiliar para el transporte de materiales.

La Río llegó a la bahía el 8 de marzo de 1824 y recorrió minuciosamente toda la ría, sus canales e islas, tras lo cual Chilavert y Lemoine acordaron con Casares proceder a levantar el fuerte sobre los márgenes del arroyo Pareja. Los trabajos dieron comienzo el 20 de abril, día en que también se hizo presente en el lugar el general José Rondeau y su tropa, adelantado del ejército del general Martín Rodríguez que logró llegar hasta el Sauce Grande, en una travesía no falta de penurias e inconvenientes debido al hostigamiento de los indígenas, la falta de pasturas y la aspereza del terreno.

En aquella reunión, ante la decepción de los jefes de la expedición naval, Rondeau informó de la decisión del gobernador de suspender el proyecto de construcción del fuerte, aduciendo que el sitio no era el apropiado. Luego Rondeau regresó con el grueso de la expedición asentada en el Sauce e informó al respecto a su superior, quien decidió, ante la negativa de Casares de suspender los trabajos, intimarlo a la retirada por intermedio del coronel Manuel Pueyrredón.

Los jefes de la expedición marítima  labraron entonces un  acta, en defensa y fundamentación de la elección del sitio:

“Nos, los abajo suscritos, Don Vicente Casares, Vecino y del comercio de Buenos Aires, Don Diego Jhonson, capitán de la goleta Gleaner y piloto encargado de la derrota de la Expedición a esta bahía, y Don Roberto Pulsifer, capitán y dueño de la goleta americana Río destinada a la descubierta de las costas desde el cabo San Antonio hasta la mencionada bahía Blanca. Declaramos que la expresada bahía es puerto capaz y de buen fondeadero desde la Embocadura hasta la extremidad del canal, de la seguridad que está toda ella abrigada de multitud de islas y canales, que la mayor parte de estos son capaces de admitir buques de los mayores portes, con varios puntos sobre la costa Norte de difícil desembarco con las embarcaciones menores, todo lo que certificamos a petición de don Martiniano Chilavert a bordo de la goleta Gleaner en el Arroyo Pareja a 22 de abril de 1824- Vicente Casares, Diego Jhonson, Roberto Pulsifer”[ix]

Chilavert y Lemoine posteriormente enviaron también una carta al ministro Rivadavia, con fecha 7 de mayo de 1824, narrando todo lo acontecido en el lugar elegido para proceder a la fundación del fuerte, que no era otro que la actual isla Cantarelli (en realidad, una pequeña porción de tierra separada del continente por el arroyo Pareja).

“Exmo. Sor. […] El primero de abril llegó el empresario (Vicente Casares), y desde ese día nos ocupamos de reconocer el lugar donde debíamos situarnos haviendo (sic) preferido hacerlo en el arroyo Pareja , así por la mayor facilidad que ofrecen sus márgenes al desembarco y creemos más seguro en aquel punto, con los medios de defensa que teníamos, contra los ataques de los bárbaros; como porque creimos ser más fácilmente descubiertos por el Ejerc. estando colocados en un terreno elevado. Los días siguientes hasta el 11 nos ocupamos de hacer fajina en una isla[3] que debía de servirnos para la pronta construcción del Fortín. El 19 saltamos en tierra y trazamos el Fortín apoyado sobre el arroyo y defendible por 100 hombres. El 20 comenzamos a construirlo, pero habiendo llegado el Sr. Gral Rondeau tuvimos que suspender los trabajos en virtud de ord. del Sor. Governad. en Campaña, pasada al empresario que nos fue transcripta por este Conforme a ella hemos regresado a ésta, habiendo salido de Bahía Blanca el 29 del pasado y llegado a este destino el 5 del corriente. Dios Gud. a V. E. muchos años”[x].

Por su parte, Vicente Casares elevó una protesta al gobierno, convencido de que la decisión del gobernador era equivocada y afectaba no sólo a sus intereses particulares sino también a los de la provincia pero fue en vano.

La expedición del bergantín General Belgrano

 

A mediados de 1824 y bajo el gobierno del sucesor de Rosríguez, Gregorio Las Heras, el peligro de una inminente guerra con el Imperio del Brasil y las constantes incursiones y ataques que perpetraban los indígenas sobre los pueblos de frontera volvieron a instalar en la agenda de gobierno la necesidad de establecer puntos fortificados en el interior de la provincia.

Con tal propósito Las Heras decidió enviar, en misión secreta, una expedición marítima a la bahía Blanca. Se alistó el bergantín de guerra General Belgrano, recién incorporado a la marina provincial. El mando le había sido confiado al capitán Francisco José Seguí, llevando como segundo comandante al subteniente Antonio Toll y Bernadet y como piloto encargado de la travesía al veterano Joaquín Fernández Pareja.

El Belgrano zarpó del puerto de Buenos Aires el 25 de septiembre de 1824 y su misión comprendía el desembarco en la bahía con reconocimiento de su costa y el hallazgo de un paraje apto para la construcción de un fuerte. Lamentablemente las inclemencias del tiempo hicieron imposible su cumplimiento por lo cual el día 23 de octubre el Belgrano emprendió el regreso.

Tres meses después aquel bergantín se hizo nuevamente a la mar para intentar cumplir su frustrado cometido, llevando la misma dotación anterior a excepción del piloto que fue remplazado por Diego Johnson.

El 19 de enero de 1825 anclaba a una milla de distancia del arroyo Pareja, fondeadero que desde entonces se le conocería con el nombre de “Sonda o Pozos del Belgrano”, actual Puerto Belgrano.

En aquella oportunidad les fue posible realizar un reconocimiento de la zona. El comandante Seguí dispuso que Toll y Bernadet junto con Johnson y seis remeros armados recorrieran la bahía en toda su extensión a bordo de una ballenera que el Belgrano transportaba en cubierta. Los expedicionarios llevaban víveres, aguardiente, yerba y chucherías para captarse la amistad de los indígenas quienes, movidos por la curiosidad y el asombro, seguían la deriva del bote marchando por la costa.

A pesar del éxito de la expedición debieron pasar tres años más para que se concretara la fundación de un fuerte en la región, estableciéndolo no en el sitio elegido por Chilavert y Lemoine en 1824 sino varios kilómetros más hacia el interior de la bahía, bajo el nombre de Fortaleza Protectora Argentina, el 11 de abril de 1828.

La guerra con el Imperio de Brasil había probado la necesidad imperiosa de dominar la bahía, puesto que la flota brasileña, al bloquear Buenos Aires, había imposibilitado todo contacto con el exterior; y el ataque sobre Carmen de Patagones, si bien repelido por las tropas defensoras, habría dejado el dominio de Patagonia al enemigo, a la vez que le hubiera facilitado el dominio de la Pampa y el acceso a Buenos Aires por vía terrestre.

“Ocupar la bahía era prioritario a los intereses de la defensa nacional, cuando todavía continuaba el bloqueo al puerto de Buenos aires y resonaban los ecos del fallido asalto imperial sobre Patagones. En ese contexto tan complejo la bahía con su puerto natural ofrecía su mayor ventaja estratégica.

Los objetivos eran múltiples: defender la bahía de posibles incursiones navales, contener los malones de los aborígenes y guerrilleros realistas trasandinos a los establecimientos ganaderos bonaerenses; acortar las distancias con Patagones y sumar la extensa llanura a la economía provincial”[xi].

 

Charles Darwin

 

Cuatro años después de fundada la Fortaleza Protectora Argentina, actual ciudad de Bahía Blanca, la zona fue recorrida por el naturalista inglés Charles Darwin, hacia 1832. Formaba parte de expedición encomendada por Inglaterra para el estudio de las costas en una travesía alrededor del mundo.

El HMS Beagle, al mando de Robert Fitz Roy, zarpó del puerto de Plymouth el 27 de diciembre de 1831. Su misión era cartografiar la costa meridional de América, efectuar mediciones hidrográficas y oceánicas y observaciones astronómicas que permitieran ajustar debidamente el cálculo horario. Desde Inglaterra, navegó  a través del Océano Atlántico y luego regresó por  Tahití y Australia después de haber dado la vuelta a la Tierra. Aunque la expedición fue planeada originalmente para durar dos años, llevó casi cinco, pues regresó a Gran Bretaña el  2 de octubre de 1836.

Luego de atravesar el Atlántico y bajar por Brasil y el río de la Plata, el navío ancló en la bahía Blanca en septiembre de 1832, en el sitio conocido como Punta Ancla. Las dificultades de navegación en el interior de la bahía eran notorias para aquel que no conocía la zona o que careciese de las correspondientes cartas náuticas

Con la idea de realizar una minuciosa exploración y sondeos para fijar la profundidad de las aguas a fin de dejar establecidos los puntos navegables y dirección de los canales, el capitán FitzRoy decidió quedarse en la bahía durante varias semanas, lo que le dio la posibilidad a Charles Darwin de recorrer la zona.

En el siglo XIX, la costa consistía en barrancas que descendían hasta el mar, coronadas por médanos. Uno de ellos, el más alto y visible desde el mar, daba el nombre de Punta Alta al sitio.

Esa mañana del 22 de septiembre de 1832, Darwin comenzó a excavar la barranca que se extendía hacia tierra firme, en forma perpendicular al mar.  Ese día y los subsiguientes, desenterró los primeros restos fósiles de vertebrados hallados en su viaje. En su diario de viaje escribió

“22 de septiembre de 1832: Hemos tenido un viaje muy agradable sobre la bahía con el capitán y Sullivan. – Estuvimos en algún momento en Punta Alta a unos 10 millas de la nave; aquí me encontré con algunas rocas. – Estos son las primeras que he visto, y son muy interesantes ya que contienen numerosas conchas y huesos de animales grandes. El día estaba perfectamente tranquilo; el agua calma y el cielo estaban separados indistintamente por la cinta de los bancos de barro: – el conjunto forma una imagen muy poco pintoresca. – Es una lástima que ese tiempo despejado, brillante deba desperdiciarse en una comarca, donde no se aprecian ni la mitad de sus encantos. – Subimos a bordo justo a tiempo para escapar de una pesada tormenta y la lluvia”[xii].

Y al día siguiente, anotó:

“Domingo 23 de septiembre: Caminé a Punta Alta  donde antes ví fósiles; Y para mi gran alegría he encontrado la cabeza de un animal grande, incrustado en una roca blanda. – Me llevó casi 3 horas para llegar a cabo: Por lo que yo soy capaz de juzgar, que está vinculado al rinoceronte. – No lo subí a bordo sino hasta algunas horas después, cuando ya era de noche”[xiii].

La importancia del sitio para el entonces joven Darwin lo marca el hecho que lo excavó repetidas veces: el 23 y 25 de septiembre y el 8 y el 16 de octubre. Al año siguiente, aprovechando su retorno a la zona, volvió obsesivamente a la barranca a proseguir su exploración, el 22  23, 29, 30 y 31 de agosto de 1833[xiv].

A Darwin particularmente le interesaban los hallazgos fósiles. Ellos comenzaron a dar por tierra la idea del fijismo de las especies y comenzaron a mostrar con evidencia incontrastable que las especies cambiaban y mutaban a lo largo del tiempo.

El 22 de septiembre de 1832 en Punta Alta pues, comenzó a delinearse la aventura intelectual que llevaría a la formulación, veinte años después, de la Teoría de la Evolución. Autoridades científicas internacionales coinciden en señalar que Punta Alta posee igual o mayor importancia que las célebres islas Galápagos para la elaboración de la Teoría de la Evolución[xv].

Darwin también estuvo en otras zonas lindantes que constituyen lo que hoy es el partido de Coronel Rosales. El 1º de octubre de 1832 el Beagle comenzó a hacer diferentes marcaciones en tierra para facilitar el acceso a la bahía. Para eso estuvo anclado entre Punta Alta y Monte Hermoso. Se debe aclarar que el topónimo Monte Hermoso no hace referencia a la ciudad balnearia homónima, sino al paraje conocido actualmente como Barrancas de Monte Hermoso, Farola Monte Hermoso o simplemente Las Rocas, que se encuentra a nueve kilómetros al oeste de Pehuén Co, dentro del partido de Coronel Rosales. En esas playas, Darwin también recogió numerosos fósiles.

 

NOTAS

 

[i] Molinari, Diego Luis: Las expediciones marítimas a la Patagonia y al Estrecho de Magallanes durante el siglo XVI. Descubrimiento de la bahía Blanca, Bahía Blanca, Junta de Estudios históricos de Bahía Blanca, 1967, p.45

[ii]  Vallega, Alex (coordinador): Historia de la Patagonia -desde el siglo XVI hasta 1955, Buenos Aires, Universidad Católica Argentina Facultad de Derecho y Ciencias Políticas Escuela de Ciencias Políticas, 2001, s/p. (http://www.uca.edu.ar/uca/common/grupo21/files/patagonicos-historia.pdf )

[iii] En un mapa que Aaron Arrowsmith, publicó en 1817 titulado Outlines of the physical and political divisions of South America: (Contornos de las divisiones físicas y políticas de América del Sur). Allí, seguramente en base a informes de la expedición española de Alejandro Malaspina el cartógrafo inglés dibujó una amplia escotadura sobre la línea curva del sur bonaerense, colocándole el nombre de White Bay

[iv] Morrel, Benjamin: A narrative of four voyages to the South Sea, North and South Pacific Ocean, Chinese Sea, Ethiopic and Southern Atlantic Ocean, Indian abnd Antartic Ocean, from the year 1822 to 1831, Nueva York, J & J Harper, 1832, p. 38

[v] De Jong, Ingrid: “Entre el malón, el comercio y la diplomacia: dinámicas de la política indígena en las fronteras pampeanas (siglos XVIII y XIX). Un balance historiográfico”, en Revista Tiempo Histórico, año 6,  Nº 11, septiembre de  2015, p. 21

[vi] No todos los estudiosos usan esta palabra, consagrada por la historiografía tradicional. Así, Daniel Villar y Juan Francisco Jiménez utilizan los términos “incursiones o raids”, que describen como correrías cuya finalidad es apoderarse con astucia de diferentes recursos. Cfr: Villar, Daniel y Jiménez, Juan Francisco: “La tempestad de la guerra: Conflictos indígenas y circuitos de intercambio. Elementos para una periodización (Araucanía y Pampa, 1780-1840)”. En: Mandrini, Raúl y Paz, Carlos (comps.): Las fronteras hispano-criollas del mundo indígena latinoamericano en los siglos XVIII-XIX. Un estudio comparativo. Tandil, IEHS, 2003, pp. 123-171

[vii] Ferracutti, Enrique: Las expediciones militares en los orígenes de Bahía Blanca, Buenos Aires, Círculo Militar, 1962, p. 35

[viii] Archivo General de la Nación: Documento 2879 Legajo 1824 13 6-1 Expedición al Sud Guerra, Folios 43 a 45

[ix] Archivo General de la Nación: Documento 2879 Legajo 1824 13 6-1 Expedición al Sud Guerra, Folios 34 y 35

[x] Citado por Guardiola Plubins, José: “Historia de Bahía Blanca”; Tomo I (inédito dactilografiado) p. 113

[xi] Puliafito, César: “Una bahía estratégica”, en Spinelli, Guillermo (dir.): Argentina desde el Mar. Introducción a la historia naval argentina (1776-1852) (en coautoría con Gustavo Chalier, Fernando Folcher, Mariano Santos La Rosa, Franceso Venturini y Gerardo Vilar), Buenos Aires, Ministerio de Defensa/Armada Argentina, 2014, p. 98

[xii] Darwin Keynes, Richard (Ed): Charles Darwin’s Beagle diary, Cambridge, Cambridge University Press, 1988 , p. 95

[xiii] Darwin Keynes, Richard (Ed): Charles Darwin’s Beagle diary, Cambridge, Cambridge University Press, 1988 , p. 99

[xiv] Izarra, Luciano: “Darwin en Punta Alta, primer hito de su teoría”, en Todo es Historia, N° 507, Buenos Aires, octubre de 2009, p.14.

[xv]  Izarra, Luciano: “Punta Alta y la teoría de la Evolución”, en Spinelli, Guillermo (dir.): Argentina desde el Mar. Introducción a la historia naval argentina (1776-1852) (en coautoría con Gustavo Chalier, Fernando Folcher, Mariano Santos La Rosa, Franceso Venturini y Gerardo Vilar), Buenos Aires, Ministerio de Defensa/Armada Argentina, 2014, p. 122