En Buenos Aires, en la madrugada del 19 de marzo de 2021, tras una corta pero dura enfermedad, falleció a los 90 años la Dra. Elda Flora Sandrini, Monona para quienes la conocían. Persona destacada de nuestro medio, supo desplegar una amplia trayectoria en el ámbito educativo, cultural, político y profesional.  En la presente nota, haremos una breve semblanza de quien tuvo el honor, además, de ser la primera mujer en obtener y ejercer el título de abogada en Coronel Rosales.   

Elda con su madre Benedicta Carli.

Su familia.

Monona Sandrini nació el 28 de septiembre de 1930, en el seno de una familia de inmigrantes italianos, como tantas de Punta Alta.  Era la tercera de cuatro hijos, fruto de la unión matrimonial de don Julio E. Sandrini y doña Benedicta Carli.

Monona con su padre Julio Sandrini.

Su padre había arribado al país en 1905, radicándose primeramente en Capital Federal para luego establecerse en esta zona. Aquí inició la explotación de una mina de arena en cercanías de Maldonado y luego otra en Grünbein, hasta que en 1927 finalmente adquirió una fracción de 40 hectáreas frente a los Polvorines e inició los trabajos de extracción, en la flamante mina “Puerto Belgrano”. Era una de las explotaciones más grandes en su tipo en la provincia y contaba con desvío propio de la línea del Ferrocarril del Sud para el traslado de la arena y el pedregullo, materiales todos que proveían a las principales obras públicas y privadas de la zona[1].

La familia había fijado su residencia en la ciudad en una vivienda ubicada en Paso al 700, aunque a mediados de los años 40 se instalaron de manera definitiva en una casa quinta que don Julio había construido en las tierras lindantes a la mina, a la altura del km 23 de la ruta 229.

Su formación.

Monona de niña en el balcón de su casa de calle J.J. Paso.

Desde pequeña abrazó la lectura, la música y los idiomas, dotándose de una cultura por demás destacable. Sus estudios primarios los hizo hasta 3º grado en la entonces Escuela Nº 99 (hoy 23), 4º  grado como pupila en el Colegio La Inmaculada de Bahía Blanca y 5º y 6º grados en la Escuela Nº 1 de nuestra ciudad. Continuó la educación secundaria, al igual que sus hermanos mayores,  en Bahía Blanca, en la Escuela Normal. La señora Felisa Ríos, su compañera y amiga de toda la vida recuerda: “Monona hizo la escuela primaria en grados paralelos al mío pero nunca fuimos compañeras.[…] Nos conocimos cuando comenzamos a prepararnos para el ingreso a la Escuela Normal, en febrero del año 43, en la casa de una excelente docente Chicha Pérez Molaro que se ocupaba de preparar a  alumnos para el ingreso a los colegios secundarios de Bahía  porque en Punta Alta no había. Allí nos conocimos y comenzó una amistad que perduró por los años de los años” De aquellos tiempos en la Escuela Normal agrega: “Fuimos cuarenta las que ingresamos y las que terminamos la carrera fuimos nada más que nueve. Los cinco años en la Escuela Normal lo cursábamos de lunes a sábado; todos los días nos tomábamos el ómnibus de La Acción a las 7 de la mañana y salíamos a las 12:30 y tomábamos el micro para regresar a Punta Alta.  Monona en el grupo era muy generosa, muy buena compañera con todas.”[2]

Elda, ,recién recibida de abogada, con su hermano Aldo en Buenos Aires.

Su vocación por las leyes.

Ya egresada de la Escuela Normal, por algún tiempo ejerció la docencia en nivel primario aunque pronto prefirió continuar su formación universitaria. Desde que tenía diez años, según lo relató una vez en un reportaje, supo que deseaba ser abogada. Doña Felisa cuenta: “La idea de ella era ir a la universidad a estudiar abogacía. Pero resulta que  en la casa, ya don Julio no estaba, había fallecido muchos años antes, su mamá doña Benedicta y su hermana Perla no estaban de acuerdo con que siendo tan jovencita, pensá que tenía 17 años recién cumplidos, se fuese a Buenos Aires y como en ese momento  se creaba  el Instituto Tecnológico del Sur, que fue la base de la Universidad Nacional del Sur, se inscribió allí en una carrera  que nada que ver con ella: en Química. Cursó dos años, no más que eso, y fue de las del grupo organizador del Club Universitario, al que yo concurría con ella y después también del primer grupo de Danzas Folklóricas del Instituto. Pero la vocación estaba en la abogacía, estaba en las leyes y no había nada que hacer, así que transcurridos esos dos años se inscribió en abogacía, se fue a Buenos Aires y le buscaron un pensionado”.

Libreta universitaria emitida por la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA.

En efecto, en 1951 Monona partió a la capital y comenzó sus estudios en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Buenos Aires. En 1957 finalmente se recibió de abogada. Cabe aclarar que Monona también tenía el título de escribana, aunque nunca ejerció como tal. “En aquella época, en la UBA la carrera de abogacía se hacía simultáneamente con la de escribanía, es decir, que los alumnos primero se recibían de escribano y luego de dos años de abogados. Entonces los que querían ser abogados, como en el caso de Monona, seguían adelante hasta obtener el título de abogado y el de escribano lo archivaban. Monona nunca ejerció la escribanía”, cuenta Felisa.  

Credencial de abogada, Departamento Bahía Blanca del Colegio de Abogados de la Provincia de Buenos Aires, emitido en marzo de 1958.

Luego de recibirse se inscribió en el Colegio de Abogados de Bahía Blanca y fue en esa instancia que se constató que se trataba de la primera letrada mujer de nuestro medio.

Sin embargo, pasaría un tiempo antes que Monona comenzara su actividad profesional en Punta Alta. En efecto, luego de graduarse en derecho recibió una beca del gobierno de Brasil y en la Universidad de Río de Janeiro cursó el posgrado de Finanzas y Derecho Financiero[3]. “Estuvo seis meses, pero después se lo prolongaron un poco más y casi, casi se queda allá, porque tenía la posibilidad de quedarse, pero cuando lo pensó con detenimiento, no quiso de ninguna manera alejarse ni de su familia, ni de su Argentina, ni de Punta Alta, así que volvió para empezar en el estudio jurídico, que fue armando de a poquito”, relata Felisa.

Foto tomada en la Embajada de Brasil en Buenos Aires,
14 de diciembre de 1956. Monona es la primera a la derecha.

Instaló su estudio en Paso 776, es decir, en la que fuera la residencia familiar y durante más de cincuenta años ejerció el derecho en la faz privada, en donde se especializó en derecho de familia. “El estudio jurídico lo fue armando de a poquito. En aquel entonces tenían su domicilio en la quinta, de modo que la casa paterna de la calle Paso la trasformó en estudio. […] Empezó sola, desde abajo, pero con mucho éxito porque en su profesión se supo desempeñar muy, muy bien. Al cabo de los años algunos de los abogados jóvenes se acercaron para pedir consejo e incluso trabajar en el mismo estudio para tomar mano en la profesión. Así es que tuvo unos ayudantes pero la que siempre manejó el estudio fue ella y después, viendo que le iba tan bien, se asoció con otro abogado de Bahía […] y pusieron su estudio en San Martín y Alsina”. En efecto, Monona se asoció con el Dr. Carlos Gil Acosta, un abogado oriundo de Buenos Aires que se estableció en la zona, y durante varios años, una vez por semana se trasladó a Bahía Blanca a cumplir sus labores en el estudio jurídico de ambos.

Alumnos y profesores (entre los que se encuentra Elda Sandrini)
del 4º año del Colegio Nacional de Bahía Blanca.

Rol docente.

Monona también se desempeñó en el ámbito educativo. En efecto, fue profesora en el Colegio Nacional, anexo Comercial, en el turno vespertino, y con posterioridad dictó clases también en el nivel universitario, en el anexo de la Universidad Tecnológica Nacional. Doña Felisa cuenta: “Monona fue profesora muchos años, especialmente en el ciclo nocturno. Y tuvo como alumnos a adultos, a los que les hablaba y los  aconsejaba y los guiaba. Y cuando la Universidad Tecnológica abrió su filial en Punta Alta Monona estuvo allí como profesora, creo que de Derecho Laboral. Siempre se desempeñó con mucha responsabilidad y con mucho amor a la docencia. Se jubiló como profesora y cuando se retiró se la extrañó mucho”.

Elda Flora Sandrini.

En una entrevista que en cierta oportunidad le realizó un medio local Monona expresaba que si bien la abogacía le había dado muchas satisfacciones, la docencia era una actividad complementaria que le permitía estar en contacto con la juventud. “[…] Trato de que mis clases sean abiertas, de charla y debate, de relacionar los elementos que pongo a disposición. Tuve una cátedra en la Universidad Nacional del Sur durante un corto tiempo pero preferí dedicarme a mis alumnos puntaltenses. […] Si naciera nuevamente sería abogada y lo complementaría con la docencia”[4], remató aquella vez. 

Gran lectora y viajera.

Elda Flora Sandrini.

Su familia cuenta que Monona fue verdaderamente autodidacta y aprendió a leer sola a muy temprana edad, pues ya con 4 años pasaba horas hojeando y leyendo la guía telefónica, el diario La Prensa y un diccionario de la biblioteca familiar. A los 7 u 8 años ya leía Goethe. Su amiga Felisa lo corrobora: “Fue toda su vida una lectora incansable, desde chica, su hermana Perla la motivaba para que lea determinadas cosas y así le sintió el gusto a la lectura y la disfrutó y la capitalizó. No conozco otra persona que haya tenido la cultura que tenía Monona. Y no es que la adquirió de grande, ya desde chica leía el diario La Nación, porque en su casa su padre estaba suscripto, así que leía La Nación cuando a nosotras ni nos interesaba siquiera y extractaba cosas y así se iba formando culturalmente.  Quienes tuvimos la suerte de conocerla sabemos cuánto sabía y la generosidad y humildad con que ella exhibía sus conocimientos”. En efecto, todos los que la conocieron resaltan su gran bagaje cultural, construido a base de estudio, lectura como así también innumerables viajes. “He viajado mucho. Ha sido una forma de crecer. Me han gustado absolutamente todos los lugares en los que estuve. He vivido en muchas ciudades como Buenos Aires, Londres, París, Roma, Milán, Florencia. He estado en el Cercano Oriente y también en África: Kenia, Botsuana, Suazilandia (hoy Esuatini) y Marruecos…”, contaba en una entrevista la propia Monona[5]

Las lenguas extranjeras también fueron su pasión. De pequeña aprendió inglés con maestras nativas radicadas en Villa del Mar, además del italiano que era la lengua de sus padres. Ya en sus años de universidad en Buenos Aires estudió portugués en la Embajada de Brasil, lo cual le posibilitó la obtención de la beca para el posgrado, y también tomó cursos de francés.

Carnet de socia de la Asociación Dante Alighieri de Punta Alta.

Labor cultural.

Su compromiso para con la cultura local fue profundo y a lo largo de su trayectoria integró comisiones directivas en varias instituciones como la Asociación Puntaltense de Cultura Inglesa, Asociación Juan Bautista Alberdi, Sociedad Italiana de Socorros Mutuos y Asociación Cultural Dante Alighieri, entre otras. Estas dos últimas posiblemente hayan sido las entidades a las que más esfuerzo dedicó, dada su ascendencia italiana. Específicamente hablando de la Dante Alighieri, fue gracias a sus oficios que se logró adquirir la propiedad de la calle Luiggi 254 y dar solución a múltiples escollos legales para su escrituración. De su trabajo y entrega por las instituciones ligadas a la italianidad la señora María Stucchi, profesora de italiano, recuerda: “Yo conocí a Monona hace mucho tiempo porque ella siempre estuvo muy relacionada con todo lo que fue la cultura italiana, y la enseñanza del idioma y siempre acompañó cualquier tipo de proyecto que se hiciera al respecto. Recuerdo hace muchos años yo daba clases de italiano en Punta Alta y ella fue realmente una promotora muy importante y también fue la que puso su esfuerzo, sus ganas y su generosidad para lograr que la Dante Alighieri tuviera su casa propia en Punta Alta.  Y desde la Sociedad Italiana, en una época trabajó junto con Salvatore Benenatti que en ese momento era presidente, para propagar toda la cultura italiana” y más adelante agrega “Recuerdo también que fue una de las promotoras del Centro Lombardo, que representa a una zona de Italia, la región de la Lombardía, donde participaban socios de Punta Alta y Bahía Blanca y a ella se le debe la personería jurídica del Centro Lombardo”. Para finalizar sus recuerdos sobre la personalidad de Monona afirma: “Era un tanque de guerra, porque cuando se proponía algo, trabajaba incansablemente para lograrlo, y siempre para beneficio de la institución, nunca para su beneficio propio, porque era absolutamente desinteresada. Ella era soltera y digamos que su vida personal la dedicó a mejorar, a hacer que las instituciones crezcan, sin escatimar esfuerzos a favor de la sociedad, de la cultura. Fue un verdadero ejemplo”[6].  

Elda en la boda de su sobrina y ahijada, junto a sus demás sobrinos por parte de su hermano Grumpy y a quienes crió al quedar huérfanos de madre.

Como ya se mencionó, otra institución a la que dedicó sus esfuerzos fue la Biblioteca Juan Bautista Alberdi, ocupando la presidencia de la Asociación Juan Bautista Alberdi desde el año 2001 hasta el 2011. César Aramayo, quien la secundó en su labor desde el rol de secretario recuerda: “Supo equilibrar las políticas llevadas a cabo en gestiones anteriores, con un toque de agiornamiento a las nuevas políticas imperantes en la materia. Su cantidad de contactos abrían las puertas de distintos organismos y personalidades de la política, cultura, militares, deportivas, etc., aspectos muy importantes para gestionar este tipo de entidades culturales. Era la persona con los atributos justos y necesarios para la administración de entes culturales de estas características”[7] 

Por último y no menos importante, podemos destacar su amor y apoyo incondicional al club de sus amores: Sporting. Se ha afirmado muchas veces que fue la primera socia mujer, aunque lamentablemente hasta el momento no pudo ser comprobado ni descartado, ya que la institución en la actualidad no posee los libros de socios de los primeros años del club. 

Su accionar en la política.

A partir de 1957 comenzó su actividad política partidaria, siendo elegida concejal por la UCRI. Tiempo después, más precisamente en 1963 fue una de las organizadoras e integrantes del Movimiento de Integración y Desarrollo (MID)[8], militando y apoyando la campaña presidencial del Dr. Arturo Frondizi, a quien conoció personalmente y lo trataba asiduamente.

Elda Flora “Monona” Sandrini.

Ya en 1973 integró el gabinete municipal  en la gestión del intendente Francisco Gutiérrez, quien al fallecer en ejercicio, fue sucedido por Carlos Morilla[9]. Durante esos años, estuvo a cargo de la Dirección Legal y Técnica, hasta que en abril de 1974, por razones que desconocemos, presentó su renuncia. 

En 1993, acompañando la gestión del intendente Osvaldo Rigoni, volvió a ocupar la Dirección Legal y Técnica, siendo clave su accionar al momento de resolver la sucesión en la intendencia. En efecto, el propio Rigoni fue electo intendente pero falleció en octubre de 1995, antes de asumir, produciéndose una gran controversia legal en el seno del HCD. Y fueron las diligencias de Monona Sandrini ante la Asesoría General de Gobierno de la provincia de Buenos Aires las que resolvieron la cuestión y allanaron el camino para que asumiera la intendencia Jorge Izarra, primer concejal electo.

Dos años después en las elecciones legislativas de 1997 fue electa concejal por el Partido Justicialista, renovando y ocupando la banca hasta el año 2005. La señora Delia Giorgetti, con quien compartió banca en el período 2001 a 2005, recuerda que el trabajo en equipo era la premisa del bloque y sus conocimientos y experiencia profesional eran el mayor de sus aportes a la hora de defender los proyectos en el recinto.

Acta de matriculación del Colegio de Abogados de Bahía Blanca de Elda Sandrini. Fue la primera mujer rosaleña en ejercer como abogada.

De su extenso desempeño como asesora legal primero y concejal después, Cesar Aramayo también aporta al recuerdo de Monona: “[…] destaco su fuerte personalidad, su sapiencia para la resolución de problemas, el amor a su profesión de abogada, su cultura general que la caracterizaba, el conocimiento de la realidad política, en especial del entorno de su pago chico Punta Alta”, y más adelante agrega: “Se destacó por su compañerismo, su capacidad técnica y política, por tener no solo un aspecto puntual de los problemas, sino de encuadrarlos en una realidad globalizada; fiel consejera del Intendente Municipal en aspectos formales de la rutina administrativa y de las estrategias políticas, no solo con la mirada de un gestor administrativo sino de un estratega político de su pueblo. En el plano humano era extremadamente compañera de sus pares y del personal que de ella dependía, infundiendo respeto, conocimientos y autoridad. Sus anécdotas de sus innumerables viajes eran un capítulo aparte, donde su relato lleno de pasión y detalles, construían momentos muy agradables e inolvidables, y dejaban un legado de cultura impregnado.”  

Palabras finales.

Los últimos años, ya retirada de la vida pública y profesional, se radicó en la ciudad de Buenos Aires, para vivir en compañía y al cuidado de sus sobrinas, a quienes había criado amorosamente como una madre. Su partida, ha dejado una huella imborrable en todos aquellos que la conocieron, amén de su legado a consecuencia de la labor multifacética en los ámbitos de las leyes, la educación, la cultura y la política local. Sus restos descansan en la casa quinta de la familia Sandrini, el lugar que siempre sintió suyo y amó sin medida.  

Por Lic. Fernanda Martel.

Agradecimientos:

A la familia Sandrini por el material aportado para la realización de esta nota y que fue donado al Archivo Histórico Municipal de Punta Alta.

 Fuentes:

  • Callhue, Punta Alta, 19/08/1994.
  • La Vidriera de Punta Alta, Año V, Nº 68, 18/03/ 1994.
  • La Nueva Provincia, 1997-2005.
  • Tótoro, José G.: recopilación para “Rostros con Historia”, s/f.

Testimonios:

  • Sra. Patricia Sandrini
  • Sra. Felisa Ríos
  • Prof. María Stucchi
  • Sra. Delia Giorgetti
  • Sr. Jorge Izarra
  • Sr. Edgardo Bambaci
  • Cr. César Aramayo
  • Dr. Fabián Ferán

Citas:

[1] Crespi Valls, Antonio: Gran Álbum de Punta Alta, editorial Sureña, 1941.

[2] Sra. Felisa Ríos, 14/04/2021

[3] Tótoro, José G.: recopilación para “Rostros con Historia”, s/f.

[4] La Vidriera de Punta Alta, Año V, Nº 68, 18 de marzo de 1994.

[5] Idem.

[6] Sra. María Stucchi, 17/04/2021

[7] Cr. César Aramayo, 01/07/2021.

[8] Tótoro, José G., op. cit.

[9] Gutiérrez y Morilla integraban el Frente Justicialista de Liberación (FREJULI), del cual el MID formaba parte.

Elda Flora “Monona” Sandrini, primera abogada rosaleña.

5 pensamientos en “Elda Flora “Monona” Sandrini, primera abogada rosaleña.

  • julio 16, 2021 a las 10:43 pm
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    La tuve como profesora en 3er año comercial Nocturno.Colegio roca y urquiza.Nos gustava cuando charlabamos.muy bien el resumen de su vida.Trajo a Frondici a Punta y estuve en la disertacion frente al colegio.Buenos recuerdos

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  • julio 17, 2021 a las 9:34 pm
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    Agradezco mucho este trabajo y por sobretodo agradecida a la vida por el honor de haber sido criada por esta gran mujer puntaltense.

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  • julio 18, 2021 a las 3:09 pm
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    Tuve el honor de ser alumno suyo en la Técnicatura de Administración de empresas en 1990.Brillante docente es poco.Hasta la he visto sonreir!!!! pese a que se escondía timidamente tras la majestuosidad de su reconocida fama.Me encantaría haberla conocido en su juventud..

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  • julio 18, 2021 a las 3:22 pm
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    No se menciona en la nota que tambien estudio el idioma aleman con mi madre Anne C. de Eckardt. Venia a nuestra casa en Villa del Mar dos veces por semana ya avanzada la tarde, alla en los anos 60.

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